Durante el sueño, el hombre, en las épocas
de civilización y rudimentaria, aprende a
conocer un Segundo mundo real; tal es el
origen de toda metafísica. Sin el sueño no
habría ocasión de distinguir el mundo.
La división en alma y cuerpo está también
ligada a la concepción antigua del sueño,
del mismo modo que la creencia en una envoltura
aparente del alma es el origen de la creencia
en los espíritus y acaso también en las de los
dioses.
"Lo muerto continúa viviendo, pues se presenta en los vivos durante el sueño";
así se razonaba en otro tiempo, razonamiento que duró millares de años.
NIETZSCHE, Friedrich, Obras Inmortales, Tomo 4, Humano Demasiado Humano, España, Edicomunicación s.a., 2003, pág.: 1503
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